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viernes, 5 de agosto de 2011

Pensar, decir, actuar

Desde las primeras etapas de nuestras vidas nos vemos sometidos al constante reto de tomar decisiones las cuales son las que finalmente enrutan el destino que hemos de afrontar.

Quizás las más complicadas para manejar son las que tienen relación con la interacción con otras personas, las que implican que nos expongamos frente a los demás, pues es muy normal que nos genere recelo el no ser aprobados o el ser víctima de una burla o de una reprobación.

Debido a esto, es muy probable que a todos nos haya pasado que al atender una clase en el colegio hayamos pensado en responder una pregunta o en exponer una idea que finalmente nos guardamos por temor, teniendo que ver cómo alguien con un poco más decisión se atrevía a expresar lo que nosotros no y resultaba siendo el centro del reconocimiento y lograban éxitos que sabíamos podrían habernos pertenecido.

Y esta misma situación se repite muy fácilmente en el ámbito laboral y en el personal. ¿Cuántas personas han dejado marchar al amor de su vida por no actuar en el momento oportuno?

Las personas más exitosas, quienes han cambiado al mundo, no han logrado sus triunfos por haber tenido grandes ideas y una mínima cantidad lo han hecho por sólo haberlas expresado. Quienes realmente han conseguido sobresalir son aquellos que han actuado y han materializado sus ideas, quienes han elaborado un plan para organizar sus pensamientos y convertirlos en hechos palpables.

Con seguridad, si haces una evaluación sincera te darás cuenta de que de tu mente han salido muchas ideas geniales que no han pasado de allí, de una idea y que si hubieses sido un poco más ordenado, más emprendedor o más constante, hubieses alcanzado cosas mucho más grandes de las que tienes.

La buena noticia es que todavía estás a tiempo para rescatar algunas de esas ideas y para cosechar de mejor manera las que te surjan a partir de ahora.

jueves, 17 de junio de 2010

De forma y de fondo

Desde hace algún tiempo se ha vuelto común escuchar a muchas personas, entre las que se cuentan funcionarios del gobierno, directivos de diferentes tipos de organizaciones y muchas otras de diferentes ámbitos, hacer un énfasis en la diferenciación de género cuando se refieren al colectivo de personas que tienen algo en común. Es por eso que se reiteran en hacer mención de: los niños y las niñas, colombianos y colombianas, empleados y empleadas, etc.

Al expresarse de esta forma se está incurriendo en una redundancia ya que, de acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, al utilizar una de esas formas, la masculina, se comprende ampliamente la inclusión de los elementos del femenino que hacen parte de la globalidad de sus componentes. Adicionalmente, se ha desviado la atención en la forma dejando a un lado el fondo de un tema tan importante como es la discriminación por motivos de género que sufren las mujeres.

Aunque no he sido víctima de esta discriminación, por obvias razones, me coloco en el lugar de una de ellas y pienso que no me sentiría para nada satisfecha de saber que el presidente de la compañía donde laboro habla de la igualdad de sus empleados y empleadas mientras que tengo que ver, en cada quincena, cómo un compañero que hace exactamente lo mismo que yo, recibe un mayor abono en su cuenta bancaria por el hecho de ser un hombre. Tampoco resulta justo que se considere igualdad el nombrar a los niños y las niñas cuando los primeros corren jugando detrás de una pelota mientras las segundas colaboran con los quehaceres de la casa, como muy frecuentemente sigue sucediendo, porque en la mayoría de aspectos nuestra sociedad sigue siendo machista.

Atacar la forma y no preocuparse por el fondo de las cosas es una manera de evadir responsabilidades, es maquillar la realidad para engañarnos y engañar a otros, haciendo creer que realmente nos estamos ocupando de algo cuando lo que estamos haciendo no es más que tirar la basura debajo de la alfombra para que no se vea.

En muchos aspectos de nuestras vidas podemos caer en el mismo error, inclusive de forma inconsciente. Por eso, es conveniente que en las cosas más relevantes que nos atañen hagamos juiciosas evaluaciones para determinar si las que tenemos por resolver están siendo afrontadas verdaderamente en su fondo o nos estamos limitando a manipular las formas para desentendernos de lo que realmente debería de hacerse.