Pocos bienes tan apreciados tenemos en la vida como la libertad y muy pocos son los que lo superan en dolor cuando se pierde. Sin embargo, hemos permitido minimizar su significado reduciéndolo al simple concepto de la posibilidad de movilizarnos físicamente sin restricciones.
Ese reducido criterio nos ha llevado a ser presos de muchas diferentes maneras y a vivir engañados, considerándonos libres sin darnos cuenta de que nos hemos creado una cantidad de prisiones innecesarias que nos impiden movernos como quisiéramos en el mundo de la felicidad.
Una de esas cárceles, y tal vez la más dañina de todas, es la de los apegos. Cuando empezamos a crear lazos demasiado fuertes con las personas y con las posesiones que nos rodean, estamos perdiendo mucha parte de nuestra libertad, de la libertad de disfrutar muchas otras cosas, por estar ligados a unas pocas.
Esto no significa que no tengamos que valorar lo que tenemos o que debamos ser descuidados con ellas. Lo que quiere decir es que debemos aprovechar al máximo todo lo que la vida nos coloca en el camino pero teniendo siempre presente que en el universo la mayor característica de sus componentes, es ser pasajeros. Así como cada cosa arriba en un momento determinado, debemos estar conscientes de que en algún momento partiran nuevamente y debemos prepararnos para cuando ese momento llegue.
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viernes, 8 de julio de 2011
El valor de la libertad
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jueves, 17 de junio de 2010
De forma y de fondo
Desde hace algún tiempo se ha vuelto común escuchar a muchas personas, entre las que se cuentan funcionarios del gobierno, directivos de diferentes tipos de organizaciones y muchas otras de diferentes ámbitos, hacer un énfasis en la diferenciación de género cuando se refieren al colectivo de personas que tienen algo en común. Es por eso que se reiteran en hacer mención de: los niños y las niñas, colombianos y colombianas, empleados y empleadas, etc.
Al expresarse de esta forma se está incurriendo en una redundancia ya que, de acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, al utilizar una de esas formas, la masculina, se comprende ampliamente la inclusión de los elementos del femenino que hacen parte de la globalidad de sus componentes. Adicionalmente, se ha desviado la atención en la forma dejando a un lado el fondo de un tema tan importante como es la discriminación por motivos de género que sufren las mujeres.
Aunque no he sido víctima de esta discriminación, por obvias razones, me coloco en el lugar de una de ellas y pienso que no me sentiría para nada satisfecha de saber que el presidente de la compañía donde laboro habla de la igualdad de sus empleados y empleadas mientras que tengo que ver, en cada quincena, cómo un compañero que hace exactamente lo mismo que yo, recibe un mayor abono en su cuenta bancaria por el hecho de ser un hombre. Tampoco resulta justo que se considere igualdad el nombrar a los niños y las niñas cuando los primeros corren jugando detrás de una pelota mientras las segundas colaboran con los quehaceres de la casa, como muy frecuentemente sigue sucediendo, porque en la mayoría de aspectos nuestra sociedad sigue siendo machista.
Atacar la forma y no preocuparse por el fondo de las cosas es una manera de evadir responsabilidades, es maquillar la realidad para engañarnos y engañar a otros, haciendo creer que realmente nos estamos ocupando de algo cuando lo que estamos haciendo no es más que tirar la basura debajo de la alfombra para que no se vea.
En muchos aspectos de nuestras vidas podemos caer en el mismo error, inclusive de forma inconsciente. Por eso, es conveniente que en las cosas más relevantes que nos atañen hagamos juiciosas evaluaciones para determinar si las que tenemos por resolver están siendo afrontadas verdaderamente en su fondo o nos estamos limitando a manipular las formas para desentendernos de lo que realmente debería de hacerse.
Al expresarse de esta forma se está incurriendo en una redundancia ya que, de acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, al utilizar una de esas formas, la masculina, se comprende ampliamente la inclusión de los elementos del femenino que hacen parte de la globalidad de sus componentes. Adicionalmente, se ha desviado la atención en la forma dejando a un lado el fondo de un tema tan importante como es la discriminación por motivos de género que sufren las mujeres.
Aunque no he sido víctima de esta discriminación, por obvias razones, me coloco en el lugar de una de ellas y pienso que no me sentiría para nada satisfecha de saber que el presidente de la compañía donde laboro habla de la igualdad de sus empleados y empleadas mientras que tengo que ver, en cada quincena, cómo un compañero que hace exactamente lo mismo que yo, recibe un mayor abono en su cuenta bancaria por el hecho de ser un hombre. Tampoco resulta justo que se considere igualdad el nombrar a los niños y las niñas cuando los primeros corren jugando detrás de una pelota mientras las segundas colaboran con los quehaceres de la casa, como muy frecuentemente sigue sucediendo, porque en la mayoría de aspectos nuestra sociedad sigue siendo machista.
Atacar la forma y no preocuparse por el fondo de las cosas es una manera de evadir responsabilidades, es maquillar la realidad para engañarnos y engañar a otros, haciendo creer que realmente nos estamos ocupando de algo cuando lo que estamos haciendo no es más que tirar la basura debajo de la alfombra para que no se vea.
En muchos aspectos de nuestras vidas podemos caer en el mismo error, inclusive de forma inconsciente. Por eso, es conveniente que en las cosas más relevantes que nos atañen hagamos juiciosas evaluaciones para determinar si las que tenemos por resolver están siendo afrontadas verdaderamente en su fondo o nos estamos limitando a manipular las formas para desentendernos de lo que realmente debería de hacerse.
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