domingo, 29 de mayo de 2011

Por acción o por omisión

Aprender a asumir responsabilidad por lo que hacemos es un acto mínimo de sensatez que nos permite convivir de una mejor manera en la sociedad. Cuando se empiezan a dejar de lado las responsabilidades es cuando se viene el deterioro de las comunidades, empezando por su célula básica que es la familia, pasando por barrios, ciudades y naciones enteras.

Pero la responsabilidad no puede limitarse a las acciones que ejecutamos directamente, debemos extenderla a aquellas de las cuales somos conscientes y que permitimos que sucedan sin tomar acción alguna. Tal vez son éstas las que más daño conllevan, porque podemos esforzarnos por ser cuidadosos en no lastimar con nuestras acciones, pero cuando permitimos que los actos de otros agravien sin que hagamos algo para evitarlo, nos volvemos cómplices de los perjuicios causados.

Es indudable que las sociedades se encuentran conformadas en su mayoría por personas de bien y unos pocos logran degenerarlas apoyados en la falta de solidaridad y en la apatía de esa gran mayoría que sólo reacciona cuando se siente afectado directamente.

Por eso, es necesario que empecemos a motivar la conciencia colectiva en nuestro entorno para sembrar semillas de unión que nos permitan enfrentar las dificultades que, aunque aún no nos hayan tocado en cuerpo propio, sabemos que en cualquier momento nos pueden llegar. No se trata de realizar acciones heroicas, simplemente hacer cosas elementales en el momento adecuado: una llamada para reportar una actividad sospechosa, llamar la atención sobre cosas que sabemos nos perjudican y muchas otras más que cuestan poco pero aportan mucho.

domingo, 17 de abril de 2011

Los pequeños valiosos detalles

Existen muchas cosas a nuestro alrededor a las que no les damos mucha importancia, probablemente porque son demasiado pequeñas o porque están muy ocultas para percatarnos de su real valor. Debido a esto, corremos el riesgo de permitir que otras cosas que sí valoramos se vean afectadas muy seriamente, ya que dependen de manera directa de aquellas a las que no estamos atendiendo adecuadamente.

Así como un tornillo resulta ser el soporte fundamental para que se mantenga en pie un monumental puente, de la misma forma aspectos tan importantes para nuestras vidas, como son las relaciones interpersonales, el éxito profesional o el alcanzar la felicidad, están sustentados por una cantidad de pequeños componentes que fácilmente desatendemos sin darnos cuenta de lo que se está colocando en riesgo.

Es muy fácil caer en el error de concentramos en lo que nos resulta muy notorio y evidente, en las grandes estructuras que, aunque no dejan de ser importantes, generalmente se rompen por los puntos que menos esperamos y que menos cuidamos. Esos pequeños tornillos que dejamos oxidar, a los que no les hacemos mantenimiento, resultan ser el lugar por donde empiezan a corroerse y a derrumbarse las grandes construcciones que hemos creado con gran esfuerzo.

Por eso, debemos procurar reconocer cuáles son los pilares que sustentan todo lo que poseemos, lo que queremos y que hacen parte de nuestra felicidad. Tal vez estemos dejando derrumbar nuestra vida completa por estar muy pendientes de lo que consideramos muy importante, sin percatarnos de que estamos descuidando lo fundamental.

Atender los pequeños detalles, quizás es la clave para que lo más grande se mantenga en pie.

martes, 1 de marzo de 2011

El sentido de la escala de valores

Una de las razones fundamentales por la que nuestra sociedad ha venido en ese proceso de decadencia que nos lleva a ver cosas cada día más lamentables, es la inversión que le hemos aceptado a nuestra escala de valores, que nos permite mentirnos para justificar aquello que no tiene justificación.

Nos hemos permitido convertir el defecto de ser deshonesto en la virtud de ser vivo. Al igual que la gran virtud de ser correcto en el actuar, en el reprochable defecto de ser bobo. Es por eso que encontramos una gran cantidad de vivos que permanecen al asecho de cualquier situación para sacar provecho de los demás a cualquier precio, sin darse cuenta de que, en cualquier momento, ellos mismos pueden ser víctimas de otros vivos que no tendrán reparo en sacar ventaja de los demás.

Quien se da cuenta de que alguien perdió algo y no lo regresa sino que lo deja para sí, no es un vivo: simplemente es un ladrón. Un ladrón que cambió su escala de valores para no sentirse culpable y, por el contrario, vanagloriarse por su viveza.

En la medida en que más personas tengamos la capacidad de no sentirnos mal por respetar una fila, por detenernos ante un semáforo en el momento debido, por devolver lo que sabemos que no nos pertenece y por procurar actitudes ceñidas al respeto por quienes nos rodean, empezaremos a construir una sociedad mucho más agradable para vivir.

Quizás nos baste con recordar un precepto básico para la convivencia: No hacer al prójimo lo que no queremos nos hagan a nosotros.

lunes, 14 de febrero de 2011

Una vida de oportunidades

La vida es un camino largo que recorremos y en el que nos encontramos con constantes situaciones que nos llevan a tomar decisiones, algunas muy sencillas y otras que requieren de todos nuestros sentidos y con las que desgastamos gran cantidad de energía para resolverlas. Son estas últimas las que demarcan nuestro destino puesto que, dependiendo de la elección que hagamos, nuestro futuro puede tomar diferentes rumbos.

Detrás de esas decisiones ocasionalmente se esconden las grandes oportunidades que pueden cambiar nuestra existencia. Las personas exitosas son aquellas que aprenden a tomar las decisiones adecuadas, aprovechando las oportunidades que les llegan, en el momento en el que corresponde.

Sin embargo, no es un trabajo sencillo, puesto que las grandes cosas tienen altos precios, por lo que es necesario aprender a evaluar correctamente lo que tendremos que pagar para alcanzar cada logro. Esto incluye colocar en la balanza todos los aspectos de nuestra vida, entendiendo cuánto tendremos que entregar de ellos a cambio de la meta que pretendemos alcanzar.

Es posible que se requiera de varias equivocaciones hasta lograr una buena capacidad de decisión que nos lleve a cosechar nuestros primeros éxitos, pero tenemos que ser cuidadosos en no permitirnos demasiados errores porque la cantidad de oportunidades que tendremos serán limitadas y sólo una de ellas, será la que marcará la diferencia.

Procura estar lo suficientemente atento para identificarla y coloca en ella tu máxima capacidad.

sábado, 14 de agosto de 2010

La felicidad como estilo de vida

La mayoría de las personas consideran a la felicidad como un estado de ánimo que puede ir y venir por momentos, marchándose por largas temporadas o condicionada a situaciones puntuales que les suceden.

Es una posición fácil de entender pero de la cual debemos desvincularnos para conseguir que la felicidad se vuelva parte de nuestro ser, de nuestra esencia. Algo permanente.

¿Ser o estar? Ésa es la confusión. Tal vez por un contagio proveniente de la lengua inglesa, donde el TO BE no diferencia entre lo que se es y el donde se está, hemos mal entendido los conceptos que rigen nuestra existencia.

Una mujer puede ESTAR mal presentada y en ese momento no verse muy bien, pero sigue SIENDO hermosa. De la misma manera, se puede ser feliz sin que esto impida que se vivan espacios en los que estemos aburridos, desmotivados o con inquietudes. Decidirse a tomar la felicidad como un estilo de vida, en el cual buscamos el lado positivo de las cosas que afrontamos, blindando al máximo nuestra mente contra los mensajes negativos que recibimos del entorno, nos permitirá vivir mejor y conseguir que los instantes de ESTAR con la energía baja sean cada vez menores.

Así como se puede ser feliz, a pesar tener momentos de aburrimiento, también se puede optar por vivir en la amargura, con los consecuentes chispazos de alegría y de satisfacción que puedan saltar de manera esporádica.

Decidir cuál estilo de vida llevar es una cuestión personal, pero siempre será mejor volar alto y tener algunas caídas, que permanecer arrastrándose y dar breves saltos.